La polémica del burkini, que llegó con los Juegos Olímpicos, ha generado un largo debate acerca de su prohibición o no. Todos parecen tener una opinión fuertemente arraigada sobre el tema, obviando en muchos casos la consideración de las consecuencias que cada solución trae consigo.
Analicemos la postura favorable a la prohibición. Es cierto que la libertad religiosa es inviolable y personalísima, pero basta con abrir los ojos para darse cuenta de que muchas mujeres usan este tipo de vestimentas por obligación, por coacción, o por adoctrinamiento. Es cierto que no son todas, pero es un problema latente, y debemos encararlo. No se puede ni nunca se podrá considerar que la libertad religiosa de un hombre se extiende a la vestimenta de su mujer. Forzarla a vestir un hijab, o un burka, o un burkini, es una clara degradación, agravada por el hecho de que la persona denigrada en este caso es la esposa del causante. El vínculo que une a esas dos personas debería ser de amor y respeto, no de humillación, sumisión y restricciones. Prohibir estas vestimentas podría disuadir a más hombres de adoptar estas posturas, o por lo menos incentivar a más mujeres a negarse a ser humilladas, prefiriendo en cambio denunciar la violencia de la cual son víctimas.
Por otro lado, hay quienes consideran un error prohibir el burkini. Este argumento se sustenta justamente sobre la base de la libertad religiosa. Básicamente, se rechaza la prohibición previendo que normas de este tipo podrían dar pie a otras limitaciones religiosas en el futuro. Muchas mujeres judías usan peluca. Las monjas visten hábitos. Los ejemplos son infinitos. ¿Podemos prohibir todo tipo de vestimenta religiosa en público? Es obvio que no. Quienes sostienen esta postura, discuten que la solución a este problema no puede pasar por la prohibición a la vestimenta. Muchos musulmanes ya declaran que no respetarían una eventual prohibición, por lo que esta se podría tornar en un castigo para la mujer. Si esta decide respetar la ley, será castigada por su esposo. Si decide respetar la voluntad de su esposo, será castigada por la ley. Si decide dejar a su esposo, será rechazada por la comunidad musulmana, separada de sus hijos, y públicamente denigrada.
Todo esto se resume en una simple pregunta: ¿Es la prohibición de la vestimenta la mejor manera de luchar contra este problema de violencia de género? Tiene que haber una mejor manera. El Estado debe ser capaz de proveer auxilio a la mujer humillada, sin privar de su libertad religiosa a las mujeres que por su propia conciencia eligen vestirse de manera más conservadora, lo cual incluye tanto a las musulmanas con burka, las judías con peluca, las cristianas con hábitos, las hindúes con Sari, y tantas otras.
Cada día encontramos más y más artículos, argumentos u opiniones en relación a este tema, que tienden a dejar afuera las consecuencias colaterales de las soluciones propuestas. Más allá de cual sea la postura de cada uno, un tema central nuclea un hilo de polémicas que se continúan debate tras debate, ya sea sobre el hijab en las escuelas, el burkini en las playas, o cualquier otra: el eterno sufrimiento de las mujeres en el islam radical. No dejemos que el debate diluya, ni sigamos abriéndolo hacia ramas inútiles. Este problema es mucho más urgente de lo que pensamos. Estas mujeres también son seres humanos, pero a fin de cuentas son escavas en pleno siglo XXI. Esto no está pasando solo en Arabia Saudita y Afganistán. Está pasando en Montevideo, en Buenos Aires y en San Pablo. Ya no se puede dilatar el tema con debates superfluos. La lucha no puede estar centrada en una prenda de vestir, mientras estas personas sigan sufriendo.
Burkini si, burkini no
06/Sep/2016
Por Javier Galperin, de Copredi